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Esta viñeta de El Roto (que publico con su permiso) apareció el 9 de diciembre en el diario EL PAÍS en plena conmoción por los resultados del Informe PISA, que situaban a los jóvenes de nuestro país a la cola de la comprensión lectora en Europa. Entre las muchas voces de alarma, algunas sinceramente preocupadas, otras porque se cobra a tanto la pieza, se alzó como quien no quiere la cosa la demoledora ironía del dibujante.

EL ROTO no da ni lo pretende, una explicación del fenómeno pero sitúa las preguntas en los términos que a muchos nos gustaría: para qué sirve leer y para qué sirven las lecturas de ahora a los jóvenes de ahora.

Y hay que empezar por reconocer una serie de cosas. El libro no sirve mejor como fuente de información. El libro no proporciona mejor ocio. El libro no ayuda a desarrollar mejor la imaginación. El libro ni siquiera abre puertas para un acceso decente a un mercado laboral muy indecente. El libro no puede hacer nada de todo esto en si mismo ni en solitario.

Lo que el libro todavía tiene de indispensable es que permite a quien lo lee marcar el tiempo a la información que recibe. Nada menos y también nada más . Esta capacidad es fundamental…pero no más que la de saber discriminar nuestros conocimientos útiles y asentar nuestras emociones entre un flujo de información cuyo ritmo no controlamos, cosa que se aprende mejor a través de otros medios o en combinación con ellos.

Sin embargo todo lo que ahora condiciona nuestra vida y no sólo la de los jóvenes, actúa en contra de estas dos posibilidades que se resumen en una: mantener la distancia necesaria para asimilar y valorar lo que se recibe. La calidad -mala- del trabajo, su organización, los requisitos para obtenerlo, junto a la presión constante hacia la comercialización del ocio… todo conspira contra la atención hacia lo que nos llega. Todo se concibe de manera que no existe ni referencia de pasado ni proyección al futuro. No hay confirmaciones ni rupturas, sólo sustituciones de una mercancía por otra.

El libro no es más víctima de este estado de cosas que una manera inteligente de situarse frente a la imagen. Hay tantas imágenes estúpidas como libros estúpidos, pero buena parte de quienes se rasgan las vestiduras ante la pobreza lectora, prefieren dar la razón al sobrevalorado MacLuhan, y matar al mensajero: la “cultura de la imagen” es la responsable, y así, como ese ladrón que gritaba “al ladrón!” para despistar, claman contra televisión y videojuegos mientras tapan las vergüenzas de una producción editorial hipertrofiada, banal y mediocre, capaz de cobijar una cantidad nunca vista de bodrios en rústica o en tapa dura.

Con una mano alguien saca del sombrero (hop!) bonitos lemas para predicar las bondades del libro, con el mismo éxito que los curas predicaban y predican las ventajas de la castidad, y con la otra (ping!) lanzan una operación comercial a gran escala llamada “Fomento de la Lectura”, en la que animadores culturales, especialistas de distintos ámbitos, revistas, fundaciones, instituciones políticas, etc., no dudo que en general impulsados por las mejores intenciones, sirven en realidad al propósito de vender más y mejor.

Es todo un tema y no puede despacharse con cuatro frases, no lo niego. Pero si alguien quiere empezar a reflexionarlo en serio, puede empezar por la lectura de un artículo de Gustavo Puerta Leisse en la revista Educación y Biblioteca nº 192 (noviembre/diciembre de 2007) titulado “Daños colaterales a la literatura infantil. I. El premio Nacional como síntoma” en el que analiza de forma muy rigurosa el flamante Premio Nacional de Literatura Infantil, el libro Kafka y la muñeca viajera, de Jordi Sierra i Fabra. Es un artículo insólito por su valentía… que hay que leer con mucha atención no vaya a ser que en el próximo informe PISA aún saquemos peor nota .